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5 octubre 2008

CAPITULO IV
PROYECCIÓN DEL CUERPO ETERICO
Proyección etérica. —Experiencia con el cuerpo etérico proyectado de un adepto. —Repercusión. —Elementales artificiales. —Experiencia de la proyección accidental de un hombre-lobo. —Método de su desrucción.
Antes de que podamos dejar el tema del ataque por seres humanos encarnados, debemos considerar el asunto de la proyección etérica. En este caso no sólo está la mente en funcionamiento, sino también algo que es casi físico: suficientemente físico, en cualquier caso, para dejar contusiones en la carne de la víctima, en el mobiliario de alrededor, hacer al menos una cantidad considerable de ruido.
Cuando tales manifestaciones tienen lugar, es obvio que estamos tratando con algo más substancial que la mente, pues aunque la mente puede influenciar a la mente, y a través de ella al cuerpo hasta un grado al que en el estado presente de nuestro conocimiento es difícil ponerle límites, la mente no puede manipular directamente la materia: es decir, no puedes destrozar una ventana por medio de un pensamiento. Debe haber algún vehículo físico que pueda ser manipulado por la mente si es que han de forjarse efectos en el plano físico. El cuerpo viviente es un instrumento así; es manipulado por la mente cada vez que tiene lugar un movimiento involuntario, y las operaciones de la curación espiritual son simplemente una extensión de este principio a los músculos involuntarios y los procesos fisiológicos no dirigidos ordinariamente por la mente consciente. El ocultismo mantiene que la mente afecta al cuerpo por medio del doble etérico, como se le llama, la “mente mortal” de los Christian Scientists. Podemos concluir no sin razón que cuando se produce una acción física a distancia por medios ocultos, se hace empleando este doble etérico.
El doble etérico es primariamente un cuerpo de tensiones magnéticas en el armazón de cuyas mallas toda célula y fibra del cuerpo físico es mantenida como en un bastidor. Pero intermedio entre éste y el cuerpo físico denso tal como lo conocemos, está lo que puede llamarse el material bruto a partir del cual la materia densa se condensa. Este era llamado por los antiguos Hylé, o Primera Materia, y por los modernos Ectoplasma. Es este ectoplasma proyectado el que produce los fenómenos cuandoquiera que hay en cuestión manifestaciones físicas. Puede ser proyectado como largas varas, que operarán hasta una distancia de una docena de pies o así; o puede ser proyectado como un nubarrón nebuloso, conectado con el médium por un tenue hilo. Esta nube puede ser organizada en formas definidas, teniendo la semejanza de la vida y actuando corno vehículo para los deseos conscientes. Hay una gran cantidad de información asequible sobre este tema en la literatura del espiritismo, a la cual puede encontrarse referencia en la bibliografía final de este libro.
El adepto que era la cabeza del colegio oculto al que me he referido anteriormente, y de quien recibí mi primer entrenamiento en el ocultismo, era capaz de ejecutar esta operación, y le he visto muchas veces hacerlo. El se hundía en un trance profundo, después de unos pocos movimiento convulsivos, algo así como un tétanos lento, y perdía entonces unos dos tercios de su peso. He ayudado muchas veces a levantarle, o incluso le he levantado con una sola mano, cuando él estaba en este estado, y no pesaba más que un niño. Un hombre puede fingir muchas cosas, pero no puede fingir su peso. Le he levantado con una sola mano desde el suelo hasta un sofá cuando estaba en este estado. Bien es cierto que estando rígido como un tablón, él era mucho más fácil de manejar que con la forma humana inconsciente ordinaria de flojera; pero hay una cierta proporción entre el peso de un hombre adulto y ia fortaleza de una mujer de un físico corriente.
Lo que pasaba con el peso perdido en estas ocasiones lo descubrí una noche. El había estado enfermo, con algún delirio, y la parte del león del cuidado, especialmente el trabajo de noche, me había correspondido a mí. Llegó un tiempo, sin embargo, en que decidimos que él estaba tan recuperado que era innecesario que alguien se sentase junto a él, así que nos fuimos todos a la cama, por vez primera en varios días. Yo compartía una habitación con otro miembro de la comunidad. Era una cabaña relativamente pequeña en la que estábamos, y nuestras dos camas estaban juntas, lado por lado, justo bajo la ventana abierta sin cortinas. Era el tiempo de la luna llena, y recuerdo que no tuve necesidad de encender una vela para ver mientras me desvestía.
Me dormí enseguida, pues estaba muy cansada. No podía haber estado dormida mucho rato, sin embargo, cuando fui despertada por la sensación de un peso sobre mis pies. Era como si un perro de buen tamaño, digamos, un pastor escocés, hubiera saltado y se hubiera dejado caer en la cama. La habitación estaba inundada con la luz de la luna, y tan brillante como un día, y vi claramente, yaciendo aparentemente cruzado al pie de mi cama, al hombre que habíamos dejado arropado con seguridad para pasar la noche en la habitación de abajo. Era una situación algo embarazosa, y permanecí quieta, reflexionando antes de hacer algo. Yo estaba bien despierta para entonces, como bien puede imaginarse. Concluí que Z., como le llamaré a este hombre, o bien había tenido un retorno del delirio, o estaba caminando dormido. En cualquier caso yo estaba muy ansiosa por devolverle a salvo a la cama de nuevo sin una bulla o una escena. Mi compañera estaba mal del corazón, y no quería que recibiera una impresión; ni quería tampoco que él recibiera una impresión en su débil estado. Tenía miedo de que si despertaba primero a mi compañera de habitación, ella podría gritar, y despertar a Z. de un respingo, con consecuencias desastrosas. Decidí por tanto despertarle suavemente, como siendo el mal menor, y correr el riesgo respecto a ella. Habiendo reflexionado sobre estas cuestiones al menos por varios momentos, tomé finalmente acción. Me senté en la cama y me incliné tranquilamente hacia adelante con la intención de tocarle suavemente en el hombro y despertarle así. A fin de inclinarme hacia adelante, tenía que retirar mis pies de debajo de él, pues estaban atrapados por su peso, que hasta ahora había descansado sobre ellos, pues había tenido cuidado de no agitarme mientras trazaba mi plan de campaña.
Z. era claramente visible a la luz de la luna, vestido aparentemente en su bata, o por eso tomé los dobleces embozados del material que le cubría. Tanto su cara como su envuelta parecían gris y sin color a la luz de la luna, pero no había duda ninguna en mi rnente respecto a su solidez, pues no sólo podía verle, sino que podía sentir su peso descansando sobre mis pies. Pero en el momento en que me moví, él se esfumó, y yo me quedé mirando anonadada el suave pliegue de las sábanas en el extremo de la pequeña cama de campo en la que yacía. Fue entonces, y sólo entonces, que realicé que el me había parecido gris y descolorido, mas como un esbozo sombreado a lápiz que como un ser humano de carne y sangre.
Le pregunté por este incidente en la mañana, pero dijo que no lo recordaba; él había estado soñando los sueños inquietos y fragmentados de un hombre enfermo, pero no podía recordarlos.
Este, desde luego, no fue en modo alguno un ataque oculto, sino más bien una visita de un amigo, que había llegado a apoyarse en mí en el curso de su enfermedad, y vino instintivamente a mí por consuelo cuando su debilitada condición impedía retener su control normal sobre sus actividades psíquicas. No obstante, sirve para ilustrar lo que podría haberse hecho si la forma etérica que me visitó hubiera estado energetizada por una voluntad maligna. Puede explicar la naturaleza de la sensación de peso que oprime a las víctimas de un cierto tipo de pesadillas.
He oído de mas de un caso en el que se encontraron contusiones que recordaban huellas de dedos en las gargantas de gente que había sido víctima de un ataque astral. Nunca he visto realmente tales contusiones por mí misma, pero se me ha contado por gente que las ha tenido, o las ha visto. Es un hecho bien conocido que si un ocultista, funcionando fuera del cuerpo, se encuentra con alguna desavenencia en el plano astral, o si su cuerpo sutil es visto, y golpeado o atacado, el cuerpo físico rnostrará las marcas. Yo misma he encontrado muchas veces contusiones curiosamente dispuestas sobre mi cuerpo después de una escaramuza astral. El mecanismo de la producción de tales marcas debe ser, pienso, de la misma naturaleza que el que produce los estigmas de los santos y las curiosas huellas e hinchazones físicas que se ven a veces en los histéricos —la mente, poderosamente excitada, afecta al doble etérico, y el doble etérico actúa sobre las moléculas físicas sostenidas en sus mallas. Me atrevo a profetizar que los próximos avances de la medicina estarán ligados al conocimiento de la naturaleza y función del doble etérico.
El siguiente tipo de ataque psíquico que debemos considerar es el conducido por medio de elementales artificiales. Estos se distinguen de las formas de pensamiento por el hecho de que, una vez formulados por la mente creativa del mago, poseen una vida definida e independiente por sí mismos, aunque estén condicionados estrictamente en su naturaleza por el concepto de su creador. La vida de estas criaturas es semejante a la de una batería eléctrica: se descarga lentamente por medio de la irradiación, y a no ser que se recargue periódicamente, finalmente se debilitara y morirá. Toda la cuestión de hacer, cargar, recargar, o destruir estos elementales artificiales es importante en el ocultismo práctico.
El elemental artificial se construye formando una imagen definida, en la imaginación, de la criatura que se pretende crear, animándola con algo del aspecto correspondiente del propio ser de uno, e invocando luego en ella la fuerza natural apropiada. Este método puede usarse tanto para el bien como para el mal, y los “ángeles guardianes” se forman de este modo. Se dice que las mujeres moribundas, preocupadas por el bienestar de sus niños, frecuentemente los forman inconscientemente.
Yo misma tuve una vez una experiencia extremadamente repugnante en la que formulé accidentalmente un hombre-lobo. Desagradable como fue el incidente, pienso que puede ser conveniente darlo públicamente, pues muestra lo que puede pasar cuando una naturaleza insuficientemente disciplinada y purificada está manejando fuerzas ocultas.
Había recibido un serio daño de alguien a quien, a un coste considerable para mí, había ayudado desinteresadamente, y estaba amargamente tentada de desquitarme. Yaciendo en mi cama descansando una tarde, estaba cobijando mi resentimiento, y mientras reflexionaba así, me deslice hacia los límites del sueño. Vino a mi mente el pensamiento de arrojar toda restricción y actuar salvajemente. Los antiguos mitos nórdicos surgieron ante mí, y pensé en Fenris, el horror Lobo del Norte. Inmediatamente sentí una curiosa sensación de extracción desde mi plexo solar, y allí se materializó junto a mí en la cama un gran lobo. Era una forma etoplásmica bien materializada. Como Z., era gris y descolorida y, como él, tenía peso. Podía sentir claramente su espalda presionando contra mí conforme yacía a mi lado en la cama como podría hacerlo un gran perro.
Yo no sabía nada del arte de hacer elementales en ese tiempo, pero había tropezado accidentalmente con el método correcto —el incubar una emoción altamente cargada, la invocación de la fuerza natural apropiada, y la condición entre el sueño y el despertar en la que el doble etérico se expulsa rápidamente.
Estaba horrorizada con lo que había hecho, y sabía que estaba en un callejón sin salida y que todo dependía de que conservase mi cabeza. Había tenido la suficiente experiencia del ocultismo práctico como para saber que la cosa que había invocado a la manifestación visible podía ser controlada por mi voluntad siempre que no tuviera pánico; pero que si perdía mi sangre fría y ella se ponía por encima, tenía un monstruo de Frankestein con el que entendérmelas.
Me agité ligeramente, y la criatura evidentemente objetó a ser perturbada, pues volvió su largo hocico hacia mí por encima de su hombro, y gruñó, mostrando sus dientes. ¡Ahora sí que le había “dado cuerda” apropiadamente!; pero sabía que todo dependía de que yo consiguiese la prevalencia y la mantuviese, y que la mejor cosa que podía hacer era combatirlo ahora, porque cuanto más tiempo permaneciese en existencia la Cosa, más fuerte se haría, y más difícil sería desintegrarla. Así que hinqué mi codo en sus peludas costillas ectoplásmicas y le dije en voz alta:
“Si no sabes comportarte, tendrás que irte al suelo”, y lo empujé fuera de la cama.
Abajo se fue, manso como un corderito, y cambió de lobo a perro, para mi gran alivio. Entonces el rincón norte de la habitación pareció desvanecerse, y la criatura se marchó a través de la hendidura.
Yo estaba lejos de estar contenta, sin embargo, pues tenía la impresión de que esto no era el fin de ello, y mi impresión fue confirmada cuando a la mañana siguiente otro miembro de mi casa relató que su sueño había sido molestado por sueños de lobos, y que se había despertado en la noche para ver los ojos de un animal salvaje brillando en la oscuridad en el rincón de su cuarto.
Ahora, completamente alarmada, salí a pedir consejo a uno al que siempre he considerado como mi instructor, y se me dijo que había hecho esta Cosa a partir de mi propia substancia por pensamientos de venganza y que era realmente una parte de mí misma expelida, y que debía a toda costa volverla a llamar y reabsorberle dentro de mí, renunciando al mismo tiempo a mi deseo de “ajustar cuentas” con la persona que me había injuriado. Curiosamente, justo en este momento vino una oportunidad sumamente efectiva de “ajustar” con mi antagonista.
Afortunadamente para todos los implicados, tenía el suficiente sentido común para ver que estaba en una encrucijada, y que si no era cuidadosa tomaría el primer paso sobre el Sendero de la Izquierda. Si me aprovechaba de la oportunidad de dar expresión práctica a mi resentimiento, la forma-lobo nacería a una existencia independiente, y habría un mal que pagar, tanto literal como metafóricamente. Recibí la impresión definida, y las impresiones son cosas importantes en cuestiones psíquicas pues representan a menudo conocimiento y experiencia subsconsciente de que una vez que el impulso de lobo hubiera encontrado su expresior en la acción, la forma-lobo cortaría el cordón umbilical que la conectaba con mi plexo solar, y ya no me sería posible asorberla.
La perspectiva no era agradable. Tenía que olvidar mi bien querida venganza y permitir que se me hiciera un daño sin defenderme, y también tenía que invocar y absorber una forma-lobo que, para mi conciencia psíquica en cualquier caso, parecía desagradablemente tangible. Y no era una situación en la que pudiera pedir ayuda o esperar mucha simpatía. Sin embargo, tenía que ser encarada, y sabía que con cada hora de la existencia de la Cosa sería mas difícil tratar con ella, así que hice la resolución de dejar que la oportunidad de venganza se deslizara entre mis dedos, y al primer crepúsculo invoqué a la Criatura. Vino a través del rincón norte de la habitación de nuevo (posteriormente aprendí que el norte era considerado entre los antiguos como el cuarto del mal), y se presentó sobre el felpudo de la chimenea en una forma bien mansa y domesticada. Obtuve una excelente materialización a media luz, y pudría haber jurado que había un gran Alsaciano ahí mirándome. Era tangible, incluso en el olor de perro.
Desde él hasta mí se extendía una oscura línea de ectoplasma, un cabo estaba adherido a mi plexo solar, y el otro desaparecía en la velluda piel de su panza, pero no podía ver el punto verdadero de adhesión. Empecé, por un esfuerzo de la voluntad y de la imaginación, a extraer la vida de él a lo largo de este cordón de plata, como si chupase limonada por una paja. La forma-lobo empezó a desvanecerse, el cordón engrosó y se hizo más substancial. Un violento cataclismo emocional se levanto en mí; sentía los más furiosos impulsos de actuar salvajemente y desgarrar y hacer pedazos cualquier cosa y cualquier persona que tuviese a mano, como el Malayo sediento de sangre. Conquisté este impulso con un esfuerzo, y la tormenta decayó. La forma-lobo se había desvanecido ahora en una neblina gris aforme. Esta fue absorbida también a lo largo del cordón de plata. La tensión se relajó y me encontré bañada en sudor. Eso, hasta donde sé, fue el fin del incidente.
Había tenido una aguda lección, y una altamente instructiva. Puede no ser convincente para otra gente, debido a la falta de evidencia corroborante, pero era extremadamente evidente para mi, y la registré por lo que pueda servir para aquellos que, teniendo conocimiento personal de estas cosas, pueden ver su significado.
Es un punto curioso que, durante las breves veinticuatro horas de la vida de la Cosa, se presentó la oportunidad para una venganza efectiva.


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