MITOS DE AMERICA CENTRAL

26 noviembre 2008

MITOS DE AMERICA CENTRAL

Muchos de los estudiosos de los mitos y ritos de los distintos pueblos
de mesoamérica, que aceptaron de buen grado la imposición de alguien ajeno a
toda investigación objetiva, no parece que hayan dejado una impronta digna de
reseñar pues, en realidad, plagiaron más que investigaron.

Fueron los denominados “cronistas de Indias” quienes narraron -aunque no
aportaran pruebas concluyentes en la mayoría de los casos- las costumbres,
cultura y mitos de estos pueblos de mesoamérica. En sus relatos nos hablan del
culto a gran variedad de deidades, lo cual indica claramente que los pueblos de mesoamérica eran politeístas.

En otros casos, se señala que existía un dios superior, que era una
representación, y símbolo, del astro-rey.

También había una deidad que personificaba la lluvia, y se la rendía culto
para que con su fuerza reuniera las nubes y provocara las necesarias
precipitaciones sobre la tierra labrada para que, de este modo, hubiera abundante cosecha.

Había, también, un dios al que los guerreros rogaban, y se encomendaban,
antes de entrar en batalla; era, a la vez, una deidad que representaba a la
oscuridad y a la noche.

Se adoraba, en ocasiones, a una diosa muy similar a la Afrodita/Venus del
mundo clásico. Resplandecía de hermosura y ante ella todos los mortales
confesaban, y descubrían, sus faltas y culpas. Se la asociaba con el sensualismo
y el hedonismo y,
por lo general, era la personificación del amor.

Para liberarse de todo condicionamiento corporal y físico, así como de toda
pasión carnal y atadura material, los pueblos de mesoamérica entonaban cánticos
en honor de una deidad que libera la envoltura terrestre.

ANTROPOMORFISMO

Como norma general, las deidades de los pueblos de América Central tienen
las mismas cualidades y características que sus moradores, aunque ninguna de las
desventajas de éstos les son atribuidas. Por ejemplo, necesitan alimentarse y
están sujetos al desgaste y al cansancio físico pero, sin embargo, nunca mueren.
Y, además, tienen poderes sobrenaturales y habitan en lugares inaccesibles para
los simples mortales. La similitud con la mitología clásica es palpable, sin que
por ello pueda hablarse de plagio, puesto que cada pueblo, civilización o
cultura, tiene sus propias peculiaridades, las cuales proyecta tanto en lo trascendente -consideración de sus diversas deidades y seres superiores-, como
en lo inmanente -que lo hace único y, por lo mismo, diferente de los demás
grupos sociales-.

Entre las tribus indias que se asientan en la zona noroeste
centroamericanas, sobresalen los lacandones, cuyas deidades guardan relación con
todos los aspectos más sencillos y primarios de la vida. Su mitología se funda
en sus propias necesidades y vivencias. Existe un dios más poderoso que todos
los demás -algo parecido a Zeus, el rey de los dioses y de los mortales entre
los clásicos-, y que tiene su morada en el espacio inmenso. Aunque, en
ocasiones, su presencia se deje sentir en los lagos, en las profundas oquedades
y cavernas naturales de la tierra, en las ruinas de los recoletos templos que
construyeron los antepasados, en las selvas de compacta y densa
vegetación…

EL MAL Y EL BIEN

Las regiones abisales y ocultas de la tierra sirven de morada a dos
deidades enemigas, que se hallan en perpetua discordia y lucha. Uno de estos
dioses detenta todos los poderes malignos que imaginarse pueda, y es el causante
de los temblores de tierra; también hace que los volcanes apagados se vuelvan
activos, y entren en erupción para expulsar grandes cantidades de fuego por su
inmenso cráter. Además, es el responsable de que los mortales sean atacados por
incurables enfermedades y epidemias terribles. Esta deidad maligna se sirve de
unos dardos invisibles que lanza con acierto, para enviar el mal a todas las criaturas y lugares; no hay escapatoria posible, ni refugio alguno.

Para contrarrestar el daño que infringe a los mortales y a la tierra esta
deidad maligna, está el dios del bien. Este permanece en lucha continua contra
su rival y, en muchas ocasiones, le vence; pues, de lo contrario, no existiría
ya criatura alguna sobre la tierra. Además, el dios del bien es amigo de la luz
y la claridad y, como tal, acompaña al Sol en su recorrido por el camino del
cielote y recupere energías, y así salir de nuevo por el Este -por eso siempre
sobreviene la aurora, que preconiza el día-.

En cambio, el dios subterráneo, que personifica el mal, es amigo de la
sombra y de la noche y, por lo mismo, no ayuda nunca al Sol. Además, exige de
los mortales adoración y presentes, por lo que es corriente que los lacandones
le ofrezcan los mejores granos de su maíz, o las mejores hojas de su cosecha de
tabaco.

PARAISO IMAGINADO

También es costumbre ofrecer a los dioses una bebida destilada de la mezcla
de caña de azúcar, maíz y corteza de un árbol sagrado. Todos los que participan
en la ceremonia consumen este preparado -para complacer a los dioses, según
ellos, y ser transportados al lugar paradisiaco en el que se lleva una
existencia tranquila y feliz-, y terminan embriagados.

Puesto que aquí abajo existe la enfermedad, la tristeza, el sufrimiento
físico y psíquico, el cansancio, los conflictos y problemas, y la muerte. Tiene
que haber, según la mitología de los lacandones, otro lugar en el que sólo la
felicidad sea posible. En este paraíso, apartado de todo daño terrenal, los
animales serán mansos, las selvas y los bosques tendrán claros destinados a los
cultivos y a los árboles frutales y toda relación entre humanos será apacible y
tranquila.

Es muy curioso que se tenga tan en cuenta la existencia de claros en los
bosques para poder seguir cultivando las diversas especies de plantas que les
sirvan de alimento. Pero sucedía que los lacandones se veían imposibilitados
para sembrar o, en todo caso, para recoger los frutos esperados, puesto que la
tupida vegetación selvática todo lo sepultaba bajo su apretado manto de musgo y
hojarasca. De aquí la importancia que concedían a la existencia de un campo
accesible a la siembra y, por lo mismo, próspero; lo que ellos llamaban tierra
sin mal.

También era muy importante que en ese paraíso imaginado por los lacandones
sus mujeres pudieran parir sin sufrimiento y que sus niños no murieran apenas
recién nacidos para que, de ese modo, pudiera perpetuarse su tribu y su
pueblo.

SERPIENTE EMPLUMADA

La adoración al Sol y a la Luna se encuentra presente en los mitos y
creencias de la población centroamericana. En algunas zonas, ambas deidades,
personifican a los ascendientes más antiguos y se les tiene por los abuelos
sabios y experimentados. Se recurre a ellos siempre que la población se halla en peligro, y nunca dejan de acudir en ayuda de sus súbditos puesto que son dos
luminarias que se dejan ver ininterrumpidamente: por el día está el Sol y por la
noche, la Luna.

Ambos tienen, según la mitología de estas poblaciones, un descendiente, al
que los mayas denominan Gucomatz. Este posee la capacidad de metamorfosearse y
transformarse, por lo que puede adquirir la figura del animal que desee, aunque
él mismo tiene forma de serpiente: “la serpiente emplumada”.

Gucomatz moraba ora en el Cielo, ora en el abismo del Tártaro, y tenía por
compañero al dios Hurakán, con el cual compartía el poder sobre el universo.
Ambos estaban considerados como poderosas deidades que personificaban a los
fenómenos naturales que podían provocar catástrofes. En este sentido se creía que, tanto el trueno y el rayo, como los vientos huracanados, eran enviados por
ellos. Se les consideraba, también, como los dioses que enseñaron a los mortales
a producir el fuego.

Ambas deidades juegan un importante papel en la cosmología maya, ya que, en
un principio, todo estaba cubierto de agua, y únicamente los dos poderosos
dioses vivían fuera del elemento acuoso.

UN LUGAR PARA LOS HUMANOS

Llegó un día en que Hurakán y Gucomatz ordenaron que surgiera, de entre las
aguas, la tierra. Al instante se fueron viendo las montañas, después los valles,
las mesetas, y las hondonadas; todo se llenó de vegetación y de vida, y se pobló
de animales que emitían sonidos y rugidos ininteligibles, por lo que no pudieron
entenderse. Entonces, los poderosos dioses, modelaron de la arcilla figuras de
hombres, que tampoco lograron entenderse. Hicieron lo propio con madera y los
resultados fueron también adversos, pues las criaturas que surgieron fueron
monos. Hasta que por fin, Hurakán y Gucomatz, resolvieron crear cuatro hombres
sirviéndose de montones de maíz blanco y amarillo. Esta vez eran tan perfectas
las figuras conseguidas, y tan sutiles su entendimiento y saber que, las dos
deidades, decidieron disminuir algunas de sus dotes: como por ensalmo, la
capacidad visual de los cuatro hombres quedó seriamente recortada y su percepción sufrió una sensible merma.

A continuación, y mientras las criaturas de reciente creación dormían, las
poderosas deidades resolvieron darles compañía para lo cual crearon cuatro
mujeres.

Por entonces, en la tierra había mucha humedad y mucho hielo, y los hombres
y las mujeres sentían frío; además el Sol no alumbraba aún, y la oscuridad era
total. Debido a esto, los dioses enviaron el fuego, y los hombres y mujeres
siempre lo conservarían y, allí donde fueren, lo llevarían consigo. Después de
andar durante un tiempo inmensurable, por lugares de tinieblas, y guiados
siempre por Hurakán, los humanos llegaron a un territorio lleno de luz y en el
que brillaba el Sol por el día; por la noche, la Luna y las estrellas también
les alumbraban. Los humanos, agradecidos, entonaron himnos de alabanza a sus
creadores por haberles ayudado a descubrir tan hermosa tierra y, a partir de
entonces, les ofrecieron sacrificios y les erigieron en objeto de su adoración y
de sus ritos.

DE LAS MONTAÑAS A LA SELVA TROPICAL

De entre todos los pueblos, o grupos humanos, que poblaron mesoamérica, que
practicaron la pesca y la caza, y que se caracterizaron por sus costumbres
radías, sobresalen los olmecas. En un principio vivieron dispersos por el ancho
territorio centroamericano. Conservaron sus costumbres rituales durante cuatro
mil años. Abandonaron el nomadismo y se asentaron en las selvas y bosques
tropicales del golfo. Destacaron los olmecas por la fuerza y el arraigo de sus
mitos, y por el cuidado que ponían en el cumplimiento de su adoración a las
diversas deidades.

¿Cómo llegaron al sedentarismo? o ¿por qué abandonaron su forma de vida
nómada? Sencillamente al descubrir que era posible un género de vida distinto,
al iniciar experiencias agrícolas en tierras de labor. La posibilidad de
cultivar productos como el maíz y de fabricar objetos de cerámica -por cierto
decorados con motivos entresacados de sus rituales míticos-, así como el
hallazgo de conseguir transformar elementos de primer orden (tal como aparecen
en la naturaleza) en elementos de segundo orden (manipulados, y retocados, por
la mano de los humanos), todo lo cual les llevó a confeccionar fibras textiles y
a perfeccionar su técnica agrícola por ejemplo, hizo que estos pueblos y grupos
humanos de mesoamérica se transformaran socialmente. Y, lo que es más
importante, crearan una cultura propia y autóctona de la que nacerían unas
costumbres diferenciales que desembocarían y en la consecución de una propia
idiosincrasia, una civilización constituida desde el año 1350 (a. C), que
perduraría hasta más de dos mil quinientos años después, y un mundo mítico y
ritual lleno de riqueza simbólica y esotérica.

TRASCENDENCIA E INMANENCIA

Todas las acciones que jalonan la historia del pueblo olmeca -así como las
de otros grupos humanos similares- se hallan impregnadas de trascendencia y
ritualismo; la base de la sociedad olmeca es religiosa, pues basa todas sus
motivaciones en el culto a las diferentes deidades y construye, en honor de
éstas, fastuosos templos de atractivas formas estéticas y sólida arquitectura.
Se hace necesario, al respecto, destacar el templo erigido en Tabasco, cuya
estructura redonda se presta a interpretaciones varias acerca de la fuerza
simbólica, y creativa, que los olmecas impregnaban a sus monumentos.

Otras figuras revestidas de significación simbólica y emblemática, y que
dan muestra también de la capacidad ritual del pueblo olmeca, son las enormes
esculturas -su peso se acerca a las cuarenta toneladas- de basalto que se
encuentran bastante bien conservadas -pues eran de una sola pieza- en la
actualidad, y que han servido a los antropólogos para determinar y conocer con
objetividad, las costumbres de los pueblos de mesoamérica.

En la misma zona de Tabasco se han hallado, además, joyas, aderezos
diversos, hachas, figurillas y máscaras que, al decir de los estudiosos, son una
muestra de la importancia adquirida por los pueblos olmecas, y de la fuerza de
sus símbolos.

OTROS PUEBLOS, OTRAS CULTURAS Y RITOS

A comienzos del siglo III de nuestra era, hasta bien entrado el siglo VIII,
tiene lugar el transcurso de un tiempo denominado “período clásico”, pues en él
florecerán diferentes culturas de distintos pueblos que introducirán, a su vez,
diversos ritos, mitos y cultos.

{REF período clásico>~, pues en él florecerán diferentes culturas de
distintos pueblos que introducirán, a su vez, diversos ritos, mitos y
cultos.}Sin embargo, es ése un tiempo más proclive a que sus protagonistas, y
pobladores, se decanten por lo inmanente frente a lo trascendente, por el
horizontalismo frente al verticalismo, por así decirlo. Acaso todo ello
constituya una especie de apuesta por la búsqueda de nuevas formas de vida que,
aunque lleven implícita cierta carga ancestral, sin embargo, el ansia de
progreso sobresaldrá por encima de todo. Y, así, esta época se caracterizar por
el logro de sus culturas, más decantadas hacia una metodología empírica, que
dará lugar al claro predominio de lo técnico y lo científico, sobre otros
aspectos más formales.

Todo ello, sin embargo, no indica que lo ritual y lo mítico se hayan
abandonado, sino que, por el contrario, sus funciones significativas y
emblemáticas aparecerán en todas las manifestaciones artísticas, y se hallarán presentes en la vida diaria de los protagonistas de un tiempo atractivo y único.
Baste citar, por ejemplo, la maravillosa ciudad de Tula -la ciudad de los
toltecas- que coronaba sus templos con las ciclópeas cabezas de “Atlante”{REF
Atlante}.

LA CIUDAD ENCANTADA

El nombre que los propios toltecas daban la ciudad, Teotihuacán {REF sitio
donde los humanos se transforman en deidades}-“sitio donde los humanos se
transforman endeidades”-, relaciona ya lo trascendente con lo inmanente o, de
otro modo, lo divino con lo humano.

Esta maravillosa ciudad tenía adornadas sus educaciones con pinturas
murales, y frescos, que representaban deidades locales de claro ancestro mítico,
herencia de generaciones pretéritas, y plenas de un simbolismo emblemático
notable. A lo largo de sus calles se erigían sendas pirámides que rememoraban la
importancia que las luminarias ejercían sobre la población; ambas pirámides
habían sido levantadas para dar culto a la Luna y al Sol, las dos luminarias que
más significación emblemática han alcanzado a lo largo de todos los
tiempos.

El trazado geométrico de la ciudad, así como los esbeltos edificios que la
componían, y su capacidad -pues había sido diseñada y proyectada para albergar a
más de cien mil habitantes-, dan una idea de la preparación de estos pueblos, y
de su capacidad para aunar lo sagrado y lo profano, el mundo de las deidades y
el mundo de los seres humanos o simples mortales.

Cuando ya el período “clásico” tocaba a su fin, surgió una cultura
autóctona, la de los mayas, que será pieza clave en el entramado mítico y
trascendente, en el surgir científico e inmanente en esta civilización que surge y, además, aportan su saber hacer en el campo de la arquitectura, de la
escultura y de la pintura. La delicadeza de las figuras mayas coexistir con las
formas menos pulidas y más toscas realizadas por los toltecas; sin embargo,
ambas culturas no llegarán a fundirse, antes al contrario, sus profundas
divisiones serán la causa de que los conquistadores españoles apenas encontraran
oponentes en sus incursiones por determinadas zonas de mesoamérica.

UNA RAZA Y UN TIEMPO EXCEPCIONALES

Uno de los principales grupos indígenas que desarrollaron una civilización
digna de tal nombre, y que florecieron en el denominado período “clásico”,
fueron los mayas. Ningún otro pueblo de mesoamérica logró tanto en el campo de
las matemáticas, por ejemplo.

Los mayas utilizaron por primera vez el signo cero como guarismo, es decir,
haciéndole representar un valor; revalorizaron, además, el sistema numérico y
dominaron como nadie la aritmética. Sirviéndose de sólo tres signos consiguieron
representar el tiempo matemático y formal. Los tres signos eran una barra, un punto y un objeto -por lo general una concha común y corriente-; el primero
simpolizaba el número cinco, y todas las unidades restantes,es decir,hasta el
cuatro, se representaban por un punto. La concha común simbolizaba y
representaba al cero.

MATEMATICAS ELEMENTALES

Mediante la fórmula denominada de “cuenta larga”, podían los mayas
representar una fecha determinada. Este método consistía en fijar un punto en el
pasado que serviría de referencia y, desde aquí, se empezaba a contar el tiempo
que se creía conveniente, y no otro. De esta forma, tan sim{= cuenta larga)>,
podían los mayas represen_tar una fecha determinada. Este método consista en
fijar un punto en el pasado que serviría de referencia y, desde oc, se em_pezaba
a contar el tiempo que se creía con_veniente, y no otro. De esta forma, tan
sim_}ple en apariencia, había tenido lugar el origen del nacimiento numérico de
los días, es decir, los días podían contarse.

La base utilizada por los mayas para contar no era decimal -como la
nuestra-, sino que el valor numérico de sus cifras aumentaba de veinte en veinte
(base funcional con el sistema de veintenas), con lo cual establecían un valor
que, partiendo del mínimo lugar, seguía una línea ascendente, siempre en
dirección vertical y de lo más bajo a lo más alto, de modo que cada punto
ascendente era superior al anterior en veinte unidades. Por tanto, aparecían
representadas las veintenas, seguidas de las “triveintenas”, “tetraveintenas” {=
tri_veintenas>), «tetraveintenas}, etc.

Mas esta cultura, que había florecido a lo largo de seiscientos años,
declina radicalmente antes de llegar al primer milenio de nuestra era. Las
causas, o motivos, por las que un grupo humano de tanta raigambre social,
cultural y trascendente, como era el pueblo maya, llegaría a extinguirse, no han
sido aún dilucidadas en su totalidad. Por esto mismo, nos atenemos a los hechos
que están ahí para darnos cuenta, y concluir, que hasta las grandes obras tienen
sus días contados, y nunca mejor dicho.

DECLIVE DE UNA CIVILIZACION

Palacios, templos, monumentos de enorme valor artístico y arquitectónico,
quedaron reducidos a ruinas. Una vegetación incontrolada se extendió por
doquier, y todo lo anegó y agotó. Y, así, lo que antaño había sido lugar de
culto y boato, aparecía ahora cubierto de broza espesa, derruido e
irrecuperable. En las zonas situadas más al norte aparecería la figura de un
caudillo, al que los mayas llamaban “serpiente emplumadas”, que conquistaría
todos los territorios que, hasta entonces, habían acogido en su seno a la
civilización maya.

Este personaje carismático establecería en la zona de Yucatán su centro
ritual, y tanto él como su pueblo provenían del oeste de mesoamérica y se
asentarían definitivamente en los llanos y las montañas otrora refugios de los
mayas.

Los nuevos inquilinos de la zona norte del territorio, que había conocido
una civilización única, se caracterizaron porque, en lo social, su grado de
organización superaba, con mucho, a todos los demás pueblos de la zona. Y, así,
se fue consolidando la influencia de los toltecas -pues éste fue el nombre que
se dio a los nuevos pobladores-, los cuales establecieron su centro urbano en la
ciudad legendaria de Tula.

TRIBUS NOMADAS PENETRAN EN EL ALTIPLANO

Muchos otros centros urbanos crearon los toltecas pero, al igual que sus
antecesores, fueron también desplazados por otro pueblo mejor organizado o,
acaso,más belicoso que cualquier otro. En principio, ni siquiera puede hablarse
de un núcleo de pobladores propiamente dicho, puesto que se trataba más bien de facciones tribales cuyo sistema de vida era aún el nomadismo.

Provenían del norte y penetraron en el altiplano con la intención de
fundar, en principio, pequeños núcleos de población o reinos.

De entre todas las tribus que presionaban a los toltecas, sobresale la de
los mexicas o aztecas, que fueron el último pueblo de etnia nahua que llegó a la
meseta con la intención de asentarse en este territorio y abandonar el
nomadismo.

El origen de los mexicas no está muy claro y algunos historiadores
mantienen la tesis de que provenían de los propios totelcas. Sin embargo, son
más los que afirman que su origen es desconocido. Lo cierto es que los mitos y
leyendas de estos pueblos de mesoamérica nos hablan de la permanencia de estas
tribus en la zona de mesoamérica durante más de un siglo. Nos hallamos, además,
desde el punto de vista histórico, en la denominada “época posclásica”, es
decir, que ya el primer milenio de nuestra era ha sido rebasado y queda
atrás.

UN LAGO TERSO POR TESTIGO

Estos pueblos de etnia nahua se asentaron en el altiplano central, sobre un
inmenso lago que, por entonces, cubría todo el valle de México. Su centro ritual
y social fue constituido en la legendaria urbe de Tenochtitlán (término que
significa “lugar en donde se halla, y crece, el nopal silvestre”), que tenía una
superficie de trece kilómetros cuadrados, aproximadamente, y albergaba a casi
doscientos mil habitantes. Además de constituirse en centro social y cultural,
Tenochtitlán recibía todos los tributos, donativos y especies -tales como
alimentos, joyas, pieles y muchos otros productos- de todas las demás ciudades
sometidas a su imperio e influencia. Era, por tanto, un centro único en el que
se realizaban numerosas transacciones mercantiles y comerciales.

Pero, en lo concerniente a su impronta mítica y ritual, baste afirmar que
Tenochtitlán no sólo disponía de palacios para sus emperadores y reyes, sino que
también albergaba en su suelo edificios para el culto: “templos habitados por
los sacerdotes y los jóvenes pertenecientes a familias pudientes, quienes
recibían una selecta formación en esos centros monástico-pedagógicos”.

Aquí mismo, también se practicaba el juego de la pelota, a la que se
golpeaba con determinadas partes del cuerpo, con la intención de introducirla en
un agujero realizado en la pared lateral de la cancha. Esta se asociaba al
cosmos, la pelota en movimiento simbolizaba las órbitas de las dos luminarias y
de los planetas; todo el conjunto, por lo demás, se constituía en claro
paradigma mítico y emblemático, pues simbolizaba a esa otra cancha inmensa,
situada en el cielo y, en la que ciertos seres superiores o sobrenaturales practicaban, sirviéndose de los astros, el juego de pelota.

EL GOBIERNO DEL MUNDO

Otros pueblos de mesoamérica, que se asentaron en lo que luego dio en
llamarse Nicaragua, consideraban a todas sus deidades inmortales y habitaban en
el espacio inmenso.

Varias leyendas populares se hacían eco de su propio mito de la creación, y
hablaban de la existencia de una deidad poderosa a la que llamaban Tamagostad
-quien vivía en compañía de la diosa Zipaltonal-, la cual había creado la tierra
y a todas las criaturas que en ella moran, por lo que también recibía el nombre
de “dios creador”.

Además detentaba el gobierno del mundo y no sólo los humanos, sino también
los propios dioses, debían de cumplir las órdenes de Tamagostad; a todos
aquellos que habían seguido un buen comportamiento durante su vida, los
premiaba. Y les permitía compartir con él sus mismos lugares paradisiacos.

Había otras deidades que tenían entre sus cometidos el de ayudar a
Tamagostad, y que la población de mesoamérica asociaba a los elementos
esenciales tales como el aire, el agua y también el fuego.

Un relato de la mitología maya que algunos fenómenos naturales por ejemplo,
la erupción de un volcán, se debían a la voluntad de los dioses. Y, así, era muy
popular, y muy temida, la figura de la diosa Masaya -que moraba en las
profundidades de la Tierra y ordenaba que ésta lanzara fuego por los cráteres de
su superficie-, a la cual se atribuían las sacudidas y temblores de tierra.
También se la consideraba como el más fiel de los oráculos, puesto que sus
predicciones siempre se cumplían, y sus consejos eran seguidos con total rigor y
exactitud por parte de quienes acudían a consultarle.

LA MUJER BLANCA

Las dos luminarias, es decir, tanto la Luna como el Sol, eran consideradas
por los pueblos de mesoamérica como principales deidades, y recibían adoración y
acatamiento plenos.

Pero, en ocasiones, también surgían relatos míticos que destacaban figuras
legendarias, tales como la célebre “Mujer Blanca” . El relato popular habla de
una hermosa mujer que, vestida de blanco, recorrió el espacio inmenso, y bajó
del Cielo a la Tierra. En una idílica ciudad de mesoamérica construyó, la bella mujer, un suntuoso palacio y adornó sus paredes con estatuas que representaban
seres humanos y animales. En el centro de una recóndita, pero amplia sala, del
palacio, depositó una monumental roca, trabajada por los mejores canteros de
aquel tiempo, la cual contenía extraños dibujos e indescifrables inscripciones.

Nadie logró nunca acercarse a la Mujer Blanca, pues la piedra misteriosa le
servía de talismán y la salvaguardaba de toda agresión o ataque.

Al llegar a la vejez, la Mujer Blanca, llamó a sus tres hijos -el mito
explica que, a pesar de tener descendencia, había permanecido virgen-y repartió
entre ellos todos sus bienes. A continuación se dirigió a las más altas torres
de aquel majestuoso palacio y, como por ensalmo, desapareció en el espacio bajo
la figura de un pájaro de vuelo raudo y veloz.
Segundo Ruiz Gomez


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