ENVIDIA


ENVIDIA

Para algunos es un pecado capital; para otros, el combustible de la sociedad moderna. Filósofos, psicólogos, pensadores y novelistas analizan este bajo sentimiento con el que debemos lidiar. Escribe Diana Cohen Agrest. Y además, el crítico y narrador italiano Alessandro Piperno describe con humor cómo funciona la envidia entre escritores y celebridades
CONTRA EL MAL DE OJO

Desde el pensamiento mágico de las culturas primitivas hasta hoy, las sociedades han perseguido la neutralización de la envidia porque, en cualquier grupo humano, quien la sufre es un saboteador en potencia, un instigador que no puede ser aplacado por nada ni nadie. Los dispositivos diseñados con el propósito de neutralizar el “mal de ojo” irradiado por el ojo del envidioso son los consabidos talismanes: la ruda en el zapato, la cinta roja atada a la muñeca, la ristra de ajo o la jamsa (en árabe, “cinco”), también conocida como “mano de Fátima”, que garantiza la protección de su portador.

El temor reverencial del poder de la envidia trasciende, extrañamente, el ámbito de lo humano. En el poema homérico, Aquiles advierte que la vanagloria por un éxito excesivo puede despertar la envidia de los dioses. E. R. Dodds, un erudito en el pensamiento clásico, desestimando la creencia en cierta amenaza sobrenatural, declaró que una vez sentado el carácter alegórico del relato homérico, se descubre que la envidia de los dioses no era tomada demasiado en serio en el mundo griego primitivo: no es que el pecado de un éxito excesivo fuese una provocación del castigo divino porque los dioses eran envidiosos. Más bien se creía que el éxito suele conducir a una soberbia que fácilmente se torna en hybris , la desmesura inducida por arrogancia del éxito asegurado, y es este pecado lo que se castigaba.

Desde siempre, el temor a despertar la envidia hizo de ésta un regulador de la conducta humana, modificando y condicionando numerosas conductas intersubjetivas. Los occidentales suelen interpretar como una muestra de modestia extrema por parte de los chinos lo que no es sino una actitud institucionalizada diseñada para aventar la envidia. Un individuo que presume ante otros no será visto con simpatía en su grupo. Y si fracasa, será objeto del ridículo. Pero los chinos no deberán esperar a confrontarse con la opinión pública o con un grupo de pares para reprimirse en su conducta.

Medidas análogas de precaución se toman fuera de China. Y no se trata de simple buen gusto sino de una compulsión a callar los logros personales, las nuevas adquisiciones o la buena suerte ante otros, salvo que esas menciones sean templadas por alguna desventaja, privaciones o una sombra en la fortuna reciente. Quien acaba de estrenar una casa en las afueras de la ciudad tal vez no dude en mencionar el tiempo que tarda en llegar a su trabajo (salvo que su jactancia lo supere y se apresure a decir que, si toma la autopista, tarda lo mismo que antes). Y quien obtuvo un ascenso laboral quizá se lamente ante sus compañeros rezagados de que su nuevo puesto es aún más estresante que el anterior. Todavía hoy, supuestamente liberados del pensamiento mágico, tratamos de no anunciar proyectos hasta que no se concretan. Incluso se dice que, en su verbalización, derrochamos cierta energía que debería ser canalizada y dirigida hacia su concreción. Y para el que tenga dudas, ¿quién se sorprende ante la costumbre de un anuncio optimista seguido de un “toco madera” no bien pensamos en lo que dijimos?

Hasta la propina, al menos en los orígenes de lo que se ha tornado una costumbre, se ha visto como un dispositivo simbólico para comprar la posible envidia de quien la recibe, en un intento de nivelar la relación entre el servido y el servidor, con quien establecemos una relación de poder en cuyas reglas implícitas figura una -que invierte el orden de las explícitas- según la cual quien nos atiende lleva las de ganar. La propina al mozo procura impedir que, gesto impúdico mediante (escupir nuestra comida), quien nos sirve sucumba a su envidia. En una suerte de intercambio complaciente, ni siquiera omitida tras un servicio mediocre, la propina simboliza la conveniencia prudencial de compartir la buena fortuna. En numerosas lenguas, el término que designa la propina alude a un dinero cedido para que el mozo pueda disfrutar de un buen trago como lo hace el comensal, de allí que a la propina se denomine en francés pourboire , término que literalmente significa “para beber”. Otras relaciones asimétricas de poder donde se procura neutralizar la envidia mediante un pago extra voluntario es la del cliente con el peluquero, quien tiene el poder de embellecernos pero también de arrasar nuestra cabellera. O la del pasajero con el botones de un hotel, quien tiene el poder de hacer desaparecer nuestro equipaje.

ANTROPOLOGIA DE LA ENVIDIA
Si hay una emoción que atraviesa todos los tiempos y culturas, es la envidia. No en vano el proverbio enseña que “la pena compartida es la mitad de la pena”: tras convivir con los jíbaros de Ecuador y Perú, el antropólogo Rafael Karsten narró que toda vez que los miembros de esas tribus se veían obligados a atravesar el río anegado por copiosas lluvias, practicaban magia negra con el objetivo de que, una vez alcanzada la otra orilla, la lluvia continuara y otros viajeros padecieran las mismas dificultades que ellos habían padecido.

Y si pensamos en los crueles ritos de iniciación que señalaban el ingreso a la adultez en las sociedades primitivas, se lo puede interpretar como la expresión de una envidia intergeneracional hacia sus sucesores en el implacable ciclo de la vida. Entre nuestras prácticas socialmente aceptadas, la costumbre en las despedidas de solteros de arrojar a una fuente callejera o de enharinar y amordazar en el baúl de un auto a los contrayentes, aunque disfrazada de humorada inocente, puede ser una expresión de envidia.

No es por azar que el primero de los mandamientos violados por el hombre contra el hombre fuera el fratricidio primordial. Caín mata a Abel tanto por envidia como por celos. Víctima de la envidia de su hermano, Abel es asesinado porque su sacrificio al Señor era superior al de Caín. Pero este sacrificio era superior en el sentido de que su ofrenda satisfacía más al Señor que la de Caín, de allí también que cayera víctima de los celos fraternos. Esta conjunción pasional explica el valor intemporal de la escena del Génesis, pues en ella se expresa alegóricamente la inmemorial rivalidad entre hermanos para obtener el favor del padre, de la madre o de un tercero. También explica la íntima asociación entre la envidia y el sentimiento de hostilidad que la envidia puede provocar, pues se temen las consecuencias de la propia envidia tanto como las consecuencias de la envidia de los demás.

En Los orígenes del amor y del odio , Ian Suttie menciona ciertos pueblos primitivos, el bantú entre otros, que tomaron medidas para contrarrestar los llamados “celos de Caín”: entre los aborígenes de Australia central, narraba Suttie, con la complicidad de su primogénito, la madre devora a sus otros hijos tras darlos a luz, compartiendo su ingesta con el hermano mayor. El uso del canibalismo para atenuar los celos fraternos es sustituido en ciertas tribus aborígenes de Guatemala por un ritual igualmente sanguinario: con el fin de absorber la hostilidad que, de otro modo, podría ser dirigida por el primogénito hacia el recién nacido, suelen golpear una gallina hasta matarla.

Hasta en los monasterios, el espacio donde virtualmente se logró eliminar todo motivo de envidia mutua, la consagración a los deberes religiosos o a los progresos en la fe incentiva la rivalidad. Y en otro espacio de enclaustramiento (aunque no legitimado por la devoción voluntaria), el psicoterapeuta Victor Frankl confesó su propia envidia hacia quienes, compañeros de desdicha en un campo de concentración, podían sin embargo darse el lujo de bañarse y usar un cepillo de dientes. Pero había algo más envidiable todavía: la cantidad de golpes que recibía un prisionero dependía en gran medida del guardia que supervisaba su trabajo. En ese escenario de violencia misérrima, donde la vida se reduce a una desnudez que roza la animalidad, los menos golpeados eran los más envidiados.

ESTRATEGIAS CONTRA UN ENVIDIOSO

1) Rebajarás tus éxitos. Le harás saber todo el tiempo que te va mal y buscarás su solidaridad en la mala.

2) Le darás a entender que él está por encima de vos en carácter y en talento, y que lo admirás sin desmayos.

3) Sugerirás con el cuerpo y la palabra que él es tu jefe y vos, su subordinado.

4) Exagerarás tu autocrítica: literalmente, despedazarás tus propios logros, relativizarás tu pericia y adjudicarás todo el tiempo tus aciertos a la suerte.

5) Profetizarás tus inminentes fracasos una y otra vez.

6) Estarás muy atento a lo que el envidioso haga y saludarás la mínima acción positiva. No sólo le celebrarás los goles; también le festejarás los laterales y los córners.

7) Te comunicarás con él por medio de la lástima, destruirás a sus enemigos y buscarás su complicidad para hablar mal de terceros. Como se sabe, nada cohesiona tanto como el odio. El odio es más fiel que el amor.

8) Le dirás de vez en cuando que lo envidiás. Pero que lo envidiás sanamente.

9) Lo acostumbrarás a ser vulnerable al elogio. Y lo elogiarás siempre.

10) Nunca bajarás la guardia: al envidioso la envidia le brota espontáneamente, y podés pasarla mal.

11) Te alejarás lentamente y nunca le darás la espalda. Y lo más difícil de todo: no te contagies. La sustancia del envidioso es altamente contaminante.

12) Un envidioso construye una cadena de envidias. En un grupo, un envidioso es como una manzana podrida. La envidia es una lepra que no se cura. Y por favor: no le envidies nada al envidioso. Es un pobre infeliz. Y lo sabe.

Estas doce instrucciones humorísticas no sirven más que para introducirnos con cierta sorna en uno de los temas más viejos y profundos de la historia de la Humanidad. Una vez más le encargamos a la ensayista y doctora en Filosofía Diana Cohen Agrest la producción de tapa de esta semana. Ella articula en serio lo que yo escribo en broma. Y lo hace apelando a filósofos como Georg Simmel, pensadores como Ian Suttie y Victor Frankl, escritores como Laurence Sterne, psicoanalistas como Melanie Klein y Luis Kancyper, lingüistas como Ivonne Bordelois y antropólogos como R. Karstens. Cohen Agrest piensa también por su cuenta y recorre la vida antigua y moderna, lo culto y lo popular: va desde la Biblia hasta la Antigua Grecia; desde el mundo del tenis hasta los tangos de Gardel y Le Pera.

Todo sentimiento humano es cultura. Y la envidia, como tantas otras formas del odio y el resentimiento, ha movido el mundo desde el principio de los tiempos. Victor Hugo creía que la envidia era una declaración de inferioridad y Leonardo da Vinci, que era mil veces más terrible que el hambre “Porque es hambre espiritual”. Schopenhauer también se ocupó del asunto: “La envidia en los hombres muestra cuán desdichados se sienten, y su constante atención a lo que hacen o dejan de hacer los demás muestra cuánto se aburren”.

Ojalá que disfruten de este ensayo y que les sirva como talismán.

jdiaz@lanacion.com.ar

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