LOS CEDROS

En una ocasión, cuando ya retornábamos a Novosibirsk, di instrucciones de atracar el buque de mando a la orilla de un minúsculo poblado compuesto por varias casas pequeñas, pequeña aldea situada a decenas de kilómetros de los grandes poblados. La estancia fue planificada para tres horas a fin de que la tripulación del buque pudiera andar un poco por tierra, los habitantes del lugar adquiriesen nuestras mercancías y productos, y nosotros les comprásemos a ellos, a precios bien baratos, hierbas silvestres de la taiga y pescado.

Durante la parada se acercaron a mí, como jefe de la expedición, dos ancianos
lugareños, según los juzgué entonces, quienes me hicieron una petición que me resultó bastante extraña. Uno de los ancianos era de edad más avanzada y el otro algo más joven. El de mayor edad, un viejo con una larga barba blanca, se mantenía todo el tiempo en silencio, dejando hablar al más joven. Trataba de convencerme para que pusiera a su disposición unos cincuenta hombres (la tripulación del barco estaba compuesta por un total de 65) para llevarlos a un punto de la taiga, distante unos veinticinco kilómetros del lugar donde nos encontrábamos. El objetivo de internarse en las profundidades de la taiga era cortar un árbol al que calificaba como Cedro5 Resonante. El cedro, que según dijo, había alcanzado una altura de 40 metros, debía ser seccionado en partes pequeñas que pudieran ser transportadas a mano hasta el barco.
Debíamos llevarnos, según decía, absolutamente todo.El anciano sugería cortar cada parte en trozos bien diminutos. Cada uno de nosotros debía tomar uno y regalar los restantes a parientes, amigos, conocidos y a todo aquel
que deseara recibirlos como regalo. El viejo decía que aquel cedro era algo
extraordinario. Que se debía llevar un trocito en un cordón, colgado sobre el pecho y además, que había que ponérselo estando descalzo sobre la hierba y apretarlo con la palma de la mano izquierda sobre el pecho descubierto. Afirmaba que pasado un minuto, se sentiría un calor agradable irradiado por el cedro y luego se experimentaría un ligero escalofrío recorriendo todo el cuerpo. De vez en cuando, cuando surgiera el deseo, se debía pulir suavemente, con las yemas de los dedos, la parte del trocito de cedro que no está en contacto con el cuerpo, apoyando el otro extremo con los dedos pulgares de las manos. El anciano aseveraba, plenamente convencido, que ya a los tres meses, la persona que llevara en su pecho el trocito de Cedro Resonante experimentaría un mejoramiento sustancial de su estado de salud y de ánimo y se habría curado de muchas enfermedades.
—¿Incluso del SIDA? ―pregunté, habiéndole dado antes una breve explicación sobre esta enfermedad, según lo que yo conocía a través de la prensa. Y él respondió con firmeza:
—¡De cualquier enfermedad!
Pero esto, en su opinión, era una tarea fácil. Lo más importante consistía en que la
persona que poseyera este pedazo de cedro se haría más bondadosa, sería más
afortunada y tendría más talento.
Yo ya sabía algo sobre las propiedades curativas del cedro de nuestra taiga, pero de ahí a que éste pudiera influir en los sentimientos y en las capacidades de las personas, en aquel momento me pareció algo completamente inverosímil. Pensé que lo que estos ancianos querían de mí, era dinero a cambio de ese cedro que ellos consideraban extraordinario. Y comencé a explicarles que ahí fuera, “en el gran mundo”, las mujeres están acostumbradas a llevar joyas de oro y de plata y que no iban a pagar ni un rublo por un simple trozo de madera, por lo que yo no estaba dispuesto a incurrir en ningún tipo de gasto por algo así.
—Las llevan por desconocimiento —se escuchó como respuesta del anciano—. El
oro es polvo en comparación con un trozo de este cedro. Mas no queremos dinero
alguno. Podemos daros setas secas también, pero nosotros no necesitamos nada…Sin entrar en discusión por respeto a sus años, dije:
—Bueno, es posible que alguien se ponga uno de sus colgantes de cedro… Lo harían si un gran maestro del tallado quisiera poner sus manos en él y creara algo
extraordinariamente bello…
A lo que el viejo respondió:
—Si, se podría tallar, pero es mejor pulirlo. Resultará mucho mejor si lo pule uno
mismo con sus dedos, en el momento en que su alma se lo pida, entonces el cedro tendrá también un aspecto bello.
En ese momento, el viejo que era “más joven”, se desabrochó rápidamente la vieja
cazadora, luego la camisa, y mostró lo que llevaba en el pecho. Lo que vi era un óvalo o círculo combado. Sus colores –violeta, frambuesa, rojizo…– configuraban un dibujo indefinido donde las vetas del árbol semejaban riachuelos. No soy un gran conocedor de obras de arte, aunque de vez en cuando he tenido la ocasión de visitar galerías de pintura. Los mejores artistas del mundo no solían despertar emociones especiales en mí, pero aquello que colgaba del pecho del anciano suscitó muchos más sentimientos y emociones que una visita a la Galería Tretyakov6. Y le pregunté:
—¿Y cuántos años lleva usted puliendo su trozo de cedro?
—Noventa y tres —contestó el viejo.
—¿Y qué edad tiene usted?
—Ciento diecinueve.
En aquel momento no le creí, pues el anciano aparentaba tener unos setenta y cinco años. Sin advertir mis dudas, o sin prestarles atención, el viejo, algo inquieto, trataba de convencerme de que un trozo de cedro, pulido únicamente por los dedos de la propia persona, también luciría bello en sólo tres años. Y después, cada día que pasara se vería aún mejor, particularmente el que usan las mujeres. El cuerpo de su dueño desprenderá un aroma sumamente grato y beneficioso, que nunca podrá compararse con ningún perfume producido artificialmente por el ser humano.
De hecho, de los dos ancianos emanaba, ciertamente, un olor muy agradable. Me
percaté de ello a pesar de que fumo, y, seguramente, como todos los fumadores, tengo elsentido del olfato un poco atrofiado.
Otra cosa me resultaba también extraña… Comencé a notar en su disertación, frases y conclusiones que no eran propias de los habitantes de esta zona del norte tan apartada.
Todavía hoy puedo recordar algunas de ellas, incluso con la entonación que le daba.

El viejo me dijo cosas como:

—Dios creó el cedro como acumulador de la energía proveniente del Cosmos…

—Cuando una persona se encuentra en estado de amor, desprende una irradiación que,en fracciones de segundo, es reflejada en los astros que están sobre nosotros, rebota nuevamente a la Tierra y da vitalidad a todos los seres vivientes…

—El Sol es uno de esos astros, pero tan sólo refleja una pequeña fracción de esta
irradiación…

—De las irradiaciones emitidas por el ser humano en la Tierra, sólo las luminosas
pueden elevarse hacia el Cosmos. Y a su vez, sólo rayos beneficiosos retornan del Cosmos a la Tierra…

—Cuando una persona se encuentra en un estado de sentimientos malévolos, emite una irradiación oscura. Esta irradiación oscura no puede elevarse a las alturas y va a parar a las profundidades de la Tierra, y después de rebotar contra el subsuelo, regresa a la superficie en forma de erupciones volcánicas, terremotos, guerras…

—El logro culminante de esa irradiación oscura es la influencia de esos rayos, que
exacerban los sentimientos malignos en la persona que los originó

—El cedro vive quinientos cincuenta años. Con sus millones de agujas, capta y
acumula en sí, noche y día, energía luminosa en todo su espectro7. Durante la vida de un cedro pasan sobre él todos los cuerpos celestes que reflejan la energía luminosa…

—Hasta el trocito más pequeño de cedro, tiene más energía beneficiosa para el
hombre, que todas las instalaciones energéticas de la Tierra, creadas por su mano,juntas.

—El cedro recoge la energía que, procedente del Hombre, emite el Cosmos, la
conserva y, en el momento necesario, la entrega; precisamente cuando ésta resulta insuficiente en el Cosmos, o lo que es lo mismo, en el ser humano, en todo organismo que vive y crece en la Tierra…

—Muy raras veces se encuentran cedros que absorban y no entreguen la energía
acumulada. Al transcurrir quinientos años de vida, éstos comienzan a resonar. De esta forma, hablan con su sonido silencioso, transmitiendo su señal a las personas, para que la gente los tome, los corte y utilice su energía acumulada en la Tierra. Es así como el cedro pide con su sonido… Durante tres años pide… y si durante ese período no es contactado por ninguna persona viva, privado de la posibilidad de entregar dicha energía, acumulada a través del cosmos, pierde la capacidad de brindarla directamente.

Cuento LOS CEDROS RESONANTES sacada del libro Anastasia de Vladimir Iulegre.

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