¿QUÉ ES LA REALIDAD?

Érase una vez, seis hombres ciegos fueron a ver a un elefante. El primer hombre ciego alargó sus manos frente a él y tocó el inmenso lado del animal. “Este elefante es como una pared alta y fuerte,” dijo el ciego.

El segundo hombre, quien estaba parado cerca de la cabeza del elefante, puso sus manos en uno de los largos y filudos colmillos. “¿Una pared? ¡No! Yo diría que es más como una lanza.”

El tercer hombre abrazó una de las patas del elefante con ambos brazos. “No quisiera contradecirlos,” dijo, “pero estoy seguro que el elefante es como un árbol.”

El cuarto hombre por casualidad tocó la oreja del elefante. “Todos ustedes están equivocados,” dijo él. “El elefante es en realidad muy parecido a un abanico.”

El quinto hombre estaba parado él solo por el otro extremo del elefante. Y por casualidad cogió la cola del animal. “Yo no entiendo esta confusión,” dijo él. “Estoy seguramente correcto al decir que el elefante es como una soga.”

Este viejo cuento hindú fue frecuentemente utilizado por los maestros de zen para intentar hacer reflexionar a sus alumnos. En el fondo, la idea central del mismo es la incapacidad de los humanos de ver la realidad completa, pues somos como ciegos en un mundo demasiado complejo para nuestros sentidos, deformado además por nuestras experiencias anteriores y nuestra forma de razonar.

Ante ello sólo quedan dos caminos, acumular informaciones hasta que éstas nos desborden (como nos ocurre en la actualidad) o dejar pasar todo sin acercarnos, ir un punto más allá de lo visible y lo razonable y encontrar esa fuerza universal o ki (como llaman los budistas) o las ideas (como lo llamaría Platón) o la divinidad (como la denominarían sufíes y místicos de tantas religiones).

Sólo quizás entonces comenzaremos a comprender que no hay nada que comprender, que el vacío está lleno y la absoluta quietud plena de movimiento. Pues será la unión de contrarios, el momento en el que una extraña paz nos invada y podamos estar durante horas oyendo el murmullo de un riachuelo, el mar que lame la arena, un simple beso. Quizás hayáis tenido esta sensación en algún momento en la vida, y entonces sabréis que el entorno desaparece y sólo quedáis vosotros, el río, el mar o el beso. Pues sólo cuando el ruido desaparece se comienza a oír el interior de uno mismo.

Hay, por tanto, que realizar una tarea de limpieza. Liberarnos de nuestros prejuicios, nuestros odios y nuestras razones, y mirar entonces despacio, buscar todo lo bello que tenemos en torno nuestro, sentirnos afortunados de ello e intentar aún más mejorarlo. Sólo cuando estemos en paz con el mundo lo empezaremos a estar con nosotros mismos, pues, según el Tao, todo pertenece a todo

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