Dejemos que la oración –simplemente- sea.

No hay un tipo de oración superior a otra; no pienso que haya una “mejor” o “peor”. La oración no es un fin en sí mismo, sino un medio para reestablecer nuestra conexión con Dios y su sagrada energía (la del Amor). Siendo Dios la Electricidad, la oración sería el cableado, el tendido eléctrico. En tal sentido, si es capaz de transmitir la energía divina, son indiferentes el credo religioso o la filiación espiritual de la oración. Lo importante es el efecto que tenga en ti; lo sustantivo es si eleva tu nivel de conciencia, provee paz a tu pensar o te llena de Amor –la sabia esencia del Uno.

¿Tiene la misma energía rezar el rosario católico que leer, por ejemplo, La Gran Invocación? ¿Cuál de ambas tendrá mejor vibración?

A mi entender, no hay un tipo de oración superior a otra; no pienso que haya una “mejor” o “peor” dotada. La oración no es un fin en sí mismo, sino un medio para reestablecer nuestra conexión con Dios y su sagrada energía (la del Amor). Siendo Dios la Electricidad, la oración sería el cableado, el tendido eléctrico. En tal sentido, si es capaz de transmitir la energía divina, son indiferentes el credo religioso o la filiación espiritual de la oración. Lo importante es el efecto que tenga en ti; lo sustantivo es si eleva tu nivel de conciencia, provee paz a tu pensar o te llena de Amor –la sabia esencia del Uno.

En tal sentido, no hay que hacer de la oración un fetiche –al igual que no debemos hacerlo con la meditación, la lectura, la consulta a oráculos o cualquier otra disciplina espiritual. Lo más importante es que nuestra oración sea eficiente… ¡y canalice el sacro poder del Uno a nuestra alma, corazón y mente!

¿Qué hay en nuestras mentes encabritadas?

Si observamos el contenido de nuestra psique, comprobamos que cada pensamiento que brota de ella está impregnado de una de esta dos clases de energía: una, sosiega; otra, agita; una nos une al prójimo, otra nos enguerrilla con nuestros semejantes; una nos hace gozar del entorno que nos rodea, otra nos insta a pensar que estaríamos muy bien en cualquier parte del planeta –excepto en el lugar donde estamos; una nos hace sentir a gusto con nosotros mismos, otra nos hace odiar nuestros más íntimos pensamientos; una nos provee de confianza y valentía para abordar cualquier situación, otra sólo saca a flote flaquezas.

¿Qué pasa en la mente encabritada, ésa que aún no está saturada de la energía del amor? Bueno: por ella discurren vanos pensamientos que van y vienen, errático oleaje donde flotan dudas, culpas, terrores, resentimientos; a veces son monólogos, muy bien argumentados, donde nos demostramos a nosotros mismos que somos lo peor de lo peor; a veces, son diálogos imaginarios con personas de nuestro presente o pasado, donde les demostramos cuánta razón tenemos nosotros y cuán equivocados están ellos…

A veces nos perdemos en grandilocuentes ensoñaciones de moda (aunque sea un bodrio); a veces, tenemos tanta ansiedad, tanto barullo en la mente, que ni siquiera los calmantes nos hacen conciliar el sueño…

Y sin embargo, pese a todo… ¡tú, yo , quienes leen este artículo estamos a sólo un tris de regresar al hogar del Padre…!

En cada pensamiento, nos jugamos nuestra estadía en el Reino de los Cielos. En cada pensamiento, elegimos estar en la energía del amor o en la del miedo; en tal encrucijada, es donde el sincero buscador de la Verdad empieza a probar aquellas disciplinas espirituales que mejor se adapten a su particular carácter, a fin de transfigurarlo a imagen y semejanza del Amor divino.

Es allí donde –en mi opinión- la oración funge como potente medio sanador, como idóneo transmisor de la amorosa energía del Uno.

En lo particular, soy partidario de la oración libre de fórmulas, desprovista de rígidos convencionalismos.

Pienso entonces…
Que la mejor oración del panadero es su pan…
La mejor plegaria del recolector de basura es la limpieza de la urbe…
La plegaria más inspirada del juez es su justicia…
La oración ideal del amigo que vende café es la sonrisa que obsequia cuando sirve su infusión…

Ora la madre en la ternura de cada pañal cambiado, ora en cada instante de lactancia…
Ora el padre en la mañana del sábado cuando juega al fútbol con sus hijos…
Ora el cirujano en cada exacta incisión del bisturí…

Compone el chef sápidas plegarias con las delicias de su sazón…
Mora el cartujo en el impecable silencio del convento… a diario, su disciplina espiritual incluye asear retretes, quitar el polvo de las bibliotecas, lavar platos –y transformar cada una de esas tareas en hacendosa plegaria…

“Algunos estamos empezando a descubrir la poderosa religión de la vida cotidiana, una espiritualidad hecha de flores recién cortadas, platos apilados, ropa recién tendida…”.

La oración que libera, que fluye amenamente con el Ser Superior, puede y debe estar hecha a la medida del orante; su inequívoca inspiración divina la despoja de acartonados rituales, de apáticos automatismos psíquicos; de tal suerte, sosiega la mente, bendice a quien la practica y le llena del afable poder del Infinito.

Dice una plegaria de Larry Dossey:

Dejemos que la oración sea
Dejemos que siga
los infinitos caminos del corazón humano

Aprendamos el arte más difícil:
el de no interferir.

Dejémonos guiar por la oración
en lugar de guiarla

Dejemos que la oración sea lo que necesite ser
Que sea lo que es
Dejemos que la oración –simplemente- sea.

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