LA LECCION DE UN PEQUEÑO GIGANTE

 

El contador bromeaba con su altura diciendo que no era petiso sino ligeramente bajo. Pero en Palermo Pobre le decíamos “el enano”, aunque de un modo simpático: siempre nos cayó bien y nos sorprendió a todos
casándose con una chica agraciada que le llevaba una cabeza y media.


Eso no impidió que su hijo Juan heredara los tamaños de su padre. El enano casi no había tenido problemas serios en la escuela, más allá de las
cargadas habituales que él había aprendido a usar a su favor con
autoironías preventivas y retruécanos ingeniosos. Juan no tuvo tanta
suerte.


Los trucos que le enseñaba su padre de poco servían frente a la humillación constante y a las agresiones físicas periódicas que le infligía un grandulón. Juan no decía nada en casa para no empeorar el
asunto y no pasar por delator, pero su padre se dio cuenta de todo.


Pidió una audiencia con el rector, habló con el director de la primaria, tomó un café con el preceptor y al final de cuatro meses de gestiones fallidas consiguió el teléfono del grandulón y habló con su padre, un
ingeniero civil que hacía rugby en una selección de veteranos.


El ingeniero sacó carpiendo al contador aduciendo que los grandes no debían meterse en los juegos de los chicos. El enano lo llamó otras tres veces
sin el menor resultado hasta que en septiembre Juan vino del colegio
con un brazo roto.


Cuando se reintegró a clase, el contador fue a buscarlo a la salida. Tomó la mochila de Juan y siguió con la mirada los pasos del grandulón, que se dirigía hacia un BMW.

 

Quedate acá, le ordenó el petiso a su hijo. Caminó hasta el gallardo y musculoso ingeniero y sin previo aviso le pegó un puñetazo en el hígado.


Fue tal la sorpresa de la víctima que el golpe le dolió más de lo que en verdad le había dolido. Deportista al fin, acostumbrado a los entreveros, el
ingeniero se recuperó con rapidez y le devolvió dos o tres castañazos.

 

El enano cayó al piso y el ingeniero lo castigó con varios puntapiés asesinos. Toda la comunidad escolar observaba sin entender ni intervenir, con morbo y a la vez con espanto.


El enano terminó en el hospital y Juan, llorando a moco tendido en brazos de su madre. Lloraba de vergüenza y de rabia y de miedo.

 

De hecho no le dirigió a su padre la palabra durante toda esa semana y al lunes siguiente, el petiso reapareció en la salida y abolló de una patada el
capó del BMW.


El ingeniero se bajó, miró el daño como quien mira el cráter inverosímil de un meteorito, y luego fijó sus ojos sangrientos en el contador, que lo esperaba a pie firme. El ingeniero le dio de nuevo
leña, pero cuidándose un poco.

 

Había reflexionado en los días anteriores, se había dado cuenta de que pudo haber matado a ese pobre infeliz y que podían haberle iniciado un flor de juicio por daños y
lesiones.


Así que ese temor íntimo, digamos esa apelación a la responsabilidad, hizo que la paliza fuera una paliza, pero sin convicción ni saña. Una semana más tarde el petiso reapareció en la
escena del crimen y le voló de una piña el espejo retrovisor de la
puerta.


Tenía los dos ojos morados, los pómulos llenos de raspones, los labios hinchados y un brazo en cabestrillo. El ingeniero se tomó la cabeza y comenzó a moverla de un lado a otro. Apuró a su hijo y salió
marcha atrás como si se lo llevara el Diablo.


Tres días después, la escena volvió a calcarse en su mínimo detalle, sólo que esta vez el
enano le reventó un faro con un martillo. Un viernes el enano se
apersonó pero el ingeniero faltó a su cita. Juan salió despacio, como un
sonámbulo, levantó la vista y divisó a su padre maltrecho.


Se le acercó despacio y le dijo: Papá, retiraron al grandulón del colegio. ¡Se fueron! El enano asintió despacio, porque le dolía todo, y Juan entonces
lo abrazó por la cintura. Ahora su padre le parecía un verdadero
gigante.

 

de Jorge Fernandez Diaz

Escritor y periodista argentino del diario La Nación.

 

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