UNA ROSA Y UNA CANCIÓN DE CUNA.

Lo llamaron simplemente «el niño abandonado». No se supo quién era su padre ni quién era su madre. Lo encontraron muerto, a los dos días de nacido, dentro de un recipiente de basura en una de las grandes ciudades de nuestra América. La madre había abandonado a su hijo y había desaparecido. Las autoridades lo enterraron en un cementerio común.
Alguien puso una rosa con una tarjeta postal sobre su tumba. La tarjeta decía: «Recibe el amor de Dios, ya que no tuviste el de tu madre.» Otra persona dejó un casete grabado con una canción de cuna. De ahí que pudo decirse del «niño abandonado» que tuvo al menos una rosa y una canción de cuna.
Este caso, que ocurrió en una de nuestras ciudades capitales, es ya tan común que causa pavor. Cada día se encuentran bebés abandonados en lugares increíbles. Los depósitos de basura son los más escogidos.
¿Cómo es posible que madres, aunque éstas sean adolescentes, abandonen a sus bebés, y hasta en recipientes de basura? Antes, en los tiempos de los novelones melodramáticos, abandonaban a los hijos en los asilos, o en las iglesias o en el portal de alguna casa de ricos. En cambio, hoy en día el paradero de una criatura no deseada es la basura.
¿Será que hay personas que consideran a la humanidad solamente basura? ¿Será que el valor que algunos le dan a un recién nacido no deseado es menos que el que le dan a un perro? ¿Será que un ser humano vale lo mismo que cualquier otra secreción que emana del cuerpo, cuyo destino es la basura?
Hemos llegado a un grado extremo de desatención, de desprecio, de insensibilidad y de pérdida de valores como nunca antes hubiéramos imaginado. El valor del ser humano ha caído a cero.
Sin embargo, hay visos de esperanza. La persona que dejó la rosa con el mensaje escrito: «Dios te ama», y la que dejó el casete con la canción de cuna, manifiestan sentimientos nobles y humanos. Con semejantes personas, que reaccionan con alma cristiana, que todavía lloran el dolor de las desgracias humanas y que saben distinguir entre lo bueno y lo malo, hay esperanza.
La esperanza consiste en tener temor de Dios, en vivir con fe en el Señor Jesucristo, y en reconocer los valores morales y espirituales de sus enseñanzas. Así es posible concebir esperanza para la recuperación de la humanidad. Todos podemos tener esa esperanza. Basta con que hagamos de Cristo el Señor de nuestra vida. Él quiere ser nuestro Dios.
(Hermano Pablo)

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