Los tiempos han cambiado, pero…

Diferente, muy distinto. Cuando íbamos al colegio, íbamos a estudiar, a jugar, a hacer amigos. Las fotos, en nuestros álbumes de recuerdos, muestran a todos los compañeros haciendo “recocha”, molestando, riéndose de la vida. Las clases eran demasiado magistrales. No había sino tiza y tablero. Los pupitres eran individuales o pares. Los salones eran inmensos. Cuarenta estudiantes por aula. Al finalizar la jornada, los grupos encargados del aseo, se dedicaban a limpiar todo para que al día siguiente el salón estuviese inmaculado.

Había carteleras para todo. Los horarios estaban a la entrada del salón. De8 a12 my de2 a6 p.m. Después, a estudiar, hacer tareas y volver a la rutina del colegio. Pero eso no era rutina. Era genial encontrarse con los amigos en los recreos. Ir a la tienda, comprar dulces y jugar un rato. Los maletines eran de cuero. Pero lo amigos, eran de verdad. Los profesores eran drásticos, serios y poco amistosos. O se estudiaba o se estudiaba. Nada de fallar a la hora de exámenes o cuestionarios orales. Israel Bernal enseñaba a dibujar sin utilizar regla alguna. Guillermo Henao iniciaba sus clases de matemáticas con una oración. Salvador Montes tenía su estilo para enseñar inglés. Emilio Noreña nos llevaba por la geografía del mundo. Francisco García o Arbey Ríos pulían poemas y enseñaban a redactar bien el idioma. Alberto Hoyos cuidaba muy bien su cálculo.

Hoy, muy a mi pesar, no es ni parecido. Niños y jóvenes han tenido oportunidades maravillosas. La aparición del internet, el vídeo beam, celulares, todo facilita el aprendizaje. Y día a día se llena de nuevas tecnologías, la educación, pero muchos ni siquiera recuerdan los años maravillosos del colegio, porque el interés no es estudiar, hacer amigos, divertirse, sino pasar al grado siguiente. Los horarios son laxos, los exámenes diferentes, la vida más relajada. Poco estudio en casa, mucha televisión y “chatear” por Messenger.

Lastimosamente y muy a nuestro pesar, ya el sexo no tiene la magia que hubo en nuestra época. Lo descubrimos al terminar el bachillerato y aun después. Hoy, se descubre al llegar a quinto año. Ya los niños de diez años saben qué hacer, aunque no lo sepan. Las niñas están en la “onda” o no están en el “parche”.

Pero lo más grave, lo más preocupante es que muchos van al colegio armados. Algunos llevan navajas, otros, cuchillos y en el peor de los casos, revólveres o pistolas. La cuestión es que quieren mostrar quién manda allí. Quién es el patrón en el grupo o en el colegio. Y lo que antes eran barras de amigos, ahora son “galladas” peligrosas que implantan el desorden y además, señalan su territorio. Chantajean a compañeros o docentes.

Los docentes, en muchos casos, nada pueden hacer ante la arremetida de los “duros”, los que mandan. Algunos docentes han sido asesinados, otros amenazados. Y nadie supo quién o quiénes fueron.

Todo cambió de un tiempo a hoy. Cuando pensábamos que la educación iba a avanzar, a mostrar progresos, nos encontramos con algo totalmente opuesto. Las reglas son violadas, muchos padres apoyan a sus hijos, así estos sean peligrosos. Muchos padres dejaron de ser padres, porque dejaron sus hijos a la buena de Dios. Sin Dios y sin ley. Porque no fueron o no son capaces de educarlos. No tienen cómo. Viven ausentes casi todo el tiempo. Sus hijos andan con sus amigos, sus “parceros”. Y ellos, los padres, confiados, tranquilos.

Hay preocupación y mucha. La situación no puede continuar así, porque nos vamos a quedar sin niños y jóvenes. Les encanta vivir el día a día sin preocuparse. Les agrada salir, rumbear, divertirse, trasnochar. Nadie les impide que sean así. Y cuando llegan al colegio, no importa si ganan o pierden.

Debemos hacer algo, pero ya. Los tiempos han cambiado, pero la tecnología no es la única en los procesos en la educación. Los tiempos han cambiado, pero los jóvenes de hoy requieren algo más que colegio, tecnología, celulares, facebook.

Los tiempos han cambiado, pero los niños y los jóvenes requieren… Afecto. Mucho afecto. Demasiado afecto. Abrazos, muchos abrazos, demasiados abrazos. Amor. Mucho amor. Demasiado amor.

Manuel Gómez S

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